
se alojaron en mis ojos
las lágrimas de la vergüenza,
con la inocencia perdida
se inundó mi alma de dolor
por un placer ajeno
que sin amor acabó con mi pureza.
Cuánto daño sin castigo,
manos malolientas
besaron con sus dedos
mis fingidos gemidos.
Placer de un momento,
cuerpo de pecado
que por siempre quedó marcado
y un corazón que ya por nadie quiso latir
queriendo morir a seguir palpitando.
Se endureció el rostro de la vida,
cuánto daño sin castigo,
me hizo en un instante mayor de edad,
y yo… sin haber crecido.

