
treinta años de azul turquesa
acariciaron mi piel.
Con usado trapo y plumero
empezaba el día
y en los labios un buenos días.
Entre fregonas, recogedor y escoba,
mi jornada anunciaba
en el atrio su amanecer.
Aprendí de las llaves sus llaveros,
cientos de recados di,
sin ser mensajero,
cientos de cartas entregadas
sin ser cartero,
alguna que otra vejación… sin merecerlo.
¡Treinta años!,
que parecieron un momento.
Alegrías, carcajadas y sonrisas se acariciaban entre llantos de tristeza y desconsuelo,
diferentes vidas quedaron marcadas
en las paredes de mi falso entresuelo.
Portero siempre de día,
y alguna noche de ocupación… sereno.
Aprendí de la vida valores,
tantos como desengaños
me hirieron,
envidias de con ellos crecer al tiempo,
siendo mi clase de otro lugar, de otro humilde nivel cultural,
diferente personalidad,
nostálgico de otro tiempo.
Treinta años de feliz cautiverio,
de saludos y despedidas,
de buen verano,
si había bien probado,
de felices navidades cuando apetecía,
de agradecidos recibidos regalos,
y el brindis obligado
de un próspero año
que nacía de nuevo.
67 puertas marcaron mi vida.
¡La de portería , la de todos!,
la cuarta puerta del entresuelo
donde mi familia y yo vivía.
Hoy que estoy más cerca de mi ida,
gracias de corazón doy
a esa calle París de cortesía,
a esa calle que tanto amé como odié,
a ese 146… que me dió y quitó vida.
París tuvo que ser el recuerdo de un portero-delantero
de profesión… sin título por medio,
que solo quiso
dejar vivir a los demás en paz,
a cambio de poder algún día él serlo.
Feliz navidad
a todos deseo siempre,
aún fuese en el calendario
cualquier otro tiempo.

Poema propio.
Fuente de la imagen:
imagen propia.
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