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Recuerdo aquel número 14
de la calle de los frailes de Córdoba,
calle estrecha, corta y empedrada,
con su gran negra Puerta, donde había menos llaves que aldaba,
y entrando y saliendo por ella,
cinco eran las distintas familias
de diferentes leches y hembras,
separadas en su interior
por pasillos y escaleras.
En el centro, un gran patio,
sitio de paso de todas ellas,
compartiendo por ratos…
la cocina, el váter sin cisterna,
sin lavabo, sin agua ni nevera,
un único tendedero, una sola radio,
la única y simplemente María,
a las cuatro… la única novela.

Una sola televisión, en blanco y negro, una sola cadena.
Boxeo, toros, religión y
y un partido de pelota cualquiera.
Hombres de tabernas,
sus mujeres serviles,
¡por cultura!, sus siervas.

Nosotros sus niños,
nuestras fantasías, nuestros juegos,
querer ser toreros y toros
simulando con viejo trapo la muleta,
o ser un gran pelotero,
jugar al fútbol sin reglas,
sin balones de cuero,
pelotas de un plástico cualquiera, golpeado por viejos zapatos,
zapatos viejos de tela,
los pantalones cortos y
en el frío las piernas,
marcadas con morados, cardenales, alguna herida abierta,
algo de sangre y sin dolor por ellas.

En un hueco de la casa
amarradas, viejas bicicletas,
para algunos herramienta de trabajo,
para otros, de paseo y carreras,
todas ellas mezcladas y revueltas.

Inocentes niños,
de felices domingos y días de fiesta,
comuniones y bautizos,
de bodas y misas,
de tambores y trompetas.

Tardes de deporte,
de carreras…
por la calle, dentro de casa, o fuera,
de juegos constantes,
sin pausas.

Niños de la calle,
juegos,
a las bolas con plante,
a los trompos, a la colección de estampas
o sansones de botellas,
niños…
de padres de la postguerra,
sin poder comer carne, ni siquiera olerla,
inocentes y felices,
niños de la calle de los frailes,
de calles cortas y estrechas, empedradas…
¡niños!,
de las calles cordobesas.

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Poema propio.
Fuente de la imagen :
Google maps.