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Qué feliz esa niñez,
en esa calle estrecha
de bajas casas y blancas paredes,
manchadas por el aroma y el color de las flores
que adornan sus balcones.
Sin apenas acera, el suelo…
mosaicos de piedras deformes.

Cómo echo de menos
el acento de la palabra en sus gentes,
aquel cine de verano que de noche acompañaba el silencio en su calor,
mientras nadie adormece.

Calle cordobesa,
casa de vecinos de puertas abiertas.

Sus cocinas y comidas, su patio,
su novela en la radio, su respetada siesta,
escuchando el ronquido de los demás
cuando duermen.

Niños de perder la inocencia de vida,
descubrir qué había debajo de la falda cuando en un cristal y a escondidas,
reflejadas quedaban las piernas de la vecina.

Calle donde perdí mi niñez,
Córdoba, ciudad de naipes y de contrastes.
Nunca olvidaré…
ese número catorce
de mi calle de los frailes.

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Poema propio.
Fuente de la imagen:
Street view