
Tantas las distancias recorridas,
tanto el uso de su ropa,
donde el azul de la camisa
pierde su color.
Al igual que la chaqueta y su corbata,
el beis o su gris pantalón.
Cuántas manos se apretaron
entre las sillas estrechas,
donde el reloj no cuenta,
cantando un marcador,
con la mirada fija pero nunca quieta.
Árbitros de vocación y sonrisa seria.
El reglamento técnico,
su religión,
su único dios… el tenis de mesa.
Hoy todo ya pasó,
la jugada más triste de su vida la cantó.
Dio por terminado el juego y el partido,
en sus manos quedó la bola de su adiós.
¡En la mesa!
El acta, el traje y momentos de tensión.
Hasta siempre y no un adiós,
justos jueces de batallas,
árbitros de vocación.
Poema propio.
Fuente de la imagen… Propia

