
Cuando la embriaguez de la noche se deja caer en los ojos y percibir el espectáculo de la magia de la madrugada que poco a poco se va enamorando del día. Hasta fundir sus cuerpos y dejarnos el horizonte y su luminosidad.
A un palmo de nuestras manos.
Y poder oler el agua salada junto a la soledad.
Y con ella dar gracias por haber nacido y vivido
Haber tenido la suerte de manchar nuestro cuerpo
Con el resplandor y el amor con que la naturaleza
Sin pedir nada a cambio.
Cada día esa oportunidad nos ofrece.
Solo se puede estar agradecido.
A quien todo ello sin nada a cambio.
Nos brindó.
Fotografía cedida por lluis pons.
